lunes, 29 de junio de 2015

CRUZ DE PALO / CRUZ DE PAU


La primera mujer que vi desnuda en mi vida estaba tendida en una mesa de mármol en el tanatorio del cementerio de la ciudad donde nací. Era más blanca que la mesa, tenía los pies unidos, las uñas pintadas de rosa y los brazos colocados junto al cuerpo. Los ojos cerrados dejaban adivinar, por el tono de los párpados, un color claro, más verde que azul, por ser oscuro el triángulo perfectamente dibujado bajo el vientre. Pero era el agujerito rojo, por donde había salido la bala, lavado y como la marca de un beso, el que sobresalía a pesar de su pequeñez. A través de él le había sido empujada la vida, fría y rápida, montada en la velocidad del disparo que le quemó la espalda y le arrebató el alma caliente y lenta. De ella sólo se sabía que era mujer, entre los veinte y los treinta años y que llevaba, en la hora de la muerte, unas botas altas y un vestido morado, guardados en la entidad forense que decretó que el cadáver estuviese allí expuesto y que las puertas se abrieran, cada dos horas, para que la gente lo pudiese identificar.
Yo iba de la mano del sacerdote, director del reformatorio donde estaba desde que mi padre allí me dejase, después de que mi madre, dicen, que todavía hoy no lo sé bien, nos abandonara para ir a vivir con otra familia, la de un hombre con cuatro hijos, viudo y con carencia de afectos que descubrió, en los de mi madre, la solución a los problemas de su familia.
El sacerdote me llevaba de la mano, bien apretada, para que no me perdiese en aquel carrusel de personas que andaban alrededor, paso a paso, nueva carrera, nuevo viaje, observando los trazos de la mujer asesinada.
Recuerdo la punta de sus zapatos de charol, ora asoma, ora esconde, debajo de la larga sotana que yo miraba desde abajo guiado por la hilera de botones que, pasando por el blanco alzacuello como una frontera, destapaba del otro lado un rostro enjuto y sonriente con una boca que se abría y se cerraba y soltaba sonidos “es guapa, ¿verdad?”. Yo bajaba la cabeza, avergonzado. El sacerdote me apretaba la mano con más fuerza.
En aquel reformatorio pasé años con abrigo y comida junto a otros hermanos con los que compartía la misma habitación en la que ochenta camas ordenadas, de lado a lado, de hierro de color azul claro y colcha blanca, denunciaban la caserna con un olor a botas de cuero y a la humedad que escurría, escondida, por las paredes pintadas de gris.
Mi padre venía a verme todos los meses y cuando caía, normalmente cuando los domingos tenían sol, me llevaba a merendar, una naranjada y un pastel, antes de entregarme otra vez a los curas y a las paredes hasta su próxima visita, al mes siguiente, si pudiese, si juntase, si hubiese tenido trabajo para costearse el viaje desde la capital hasta allí. Sus visitas comenzaban mucho antes de su llegada.
Supe de la muerte de mi padre el día que me llamaron al director sin ser por el altavoz del patio. Tenía dieciocho años y me quedaban semanas para abandonar, por edad, la institución. El buen sacerdote, al que el tiempo había marcado con el ritmo de nuestro crecimiento, movió los gruesos labios “ya no sufrirá más. Reza por sus pecados”.
Hubo un periodo de tiempo en el que dejó de visitarme. No sentía la falta del pastel y de la naranjada pero sí del olor de su chaqueta y de la rudeza de sus manos robustas y grandes. Los curas me decían que estaba de viaje, que volvería si era voluntad de Dios y que mis oraciones eran importantes. Por eso pasé días y días soltando rezos, oraciones y sacrificios. Me pasé años rezando por la noche, al levantarme, varias veces durante el día; siempre que el olor de su chaqueta me despertaba la añoranza.
Cuando finalmente volvió a visitarme estaba diferente, más triste y más callado. El cabello le había cambiado de color y sus  manos eran más ligeras y trémulas. Sólo el día que me informaron de su muerte me dijeron que su viaje lo había hecho parado, en una isla lejos de todos, en una celda aislada por orden de un juez.
Cuando dejé la institución, el viejo director me dio la llave de un quinto piso situado en una travesía de los alrededores de la capital. Cruz de Palo era el nombre de aquel pueblo donde mi padre vivió sus últimos días. La casa la había puesto a mi nombre, una conquista suya, un orgullo. Dos habitaciones, una cocina y un cuarto de baño de tuberías oxidadas donde empezaría, por testamento, mi vida en solitario. Junto con la llave, también me dio un poco de dinero, la dirección de una fábrica donde podía pedir trabajo y un billete de tren.
Llegué un miércoles, metí la llave en la puerta y la giré. Empujé despacio y abrí el comienzo de mi vida adulta. Una cama, dos mesillas de cabecera, un armario, una televisión con antena interna, un frigorífico vacío con seis botellas vacías junto a él… mi casa. Adulto durante veinte minutos,  hasta que sonó el timbre y apareció Angélica “¿Raúl?, mi niño, tu padre me habló mucho de ti”. Comenzó a hablarme de él, me dijo que fue un hombre triste, siempre infeliz y que yo fui lo único que apareció en su vida como vida. “De no haber sido por su niño Raúl haría ya mucho tiempo que nos habría dejado”. Las botellas vacías del frigorífico eran la prueba de su infelicidad, hígado en explosión de combate a la tristeza. “Te quería mucho. Yo le lavaba la ropa, le limpiaba la casa, le escuchaba cuando tenía ganas de hablar”.
Angélica era una mujer madura, tranquila y con el pelo descuidado, por haber dejado de creer en sí misma, pero con una ternura capaz de verme y de tratarme como a un “niño”.
“Tu papá me pidió que te diera esta llave, es de la caja que está encima del armario”.
Esa tarde, abrí la caja. Tenía dentro varios atadijos de cartas sujetos con un lazo. Mi padre y mi madre, la mujer que para mí siempre había sido un misterio, se habían amado, en un tiempo, en un momento.
Por la noche me metí en la bañera, activando el barullo de las tuberías oxidadas del cuarto de baño, pequeño pero mío.
Me senté en la cama, abrí el cajón de la mesilla. Una fotografía de una mujer con un bebé en su regazo, un paño de franela verde envolviendo algo pesado y un frasco de esmalte de uñas rosa.
Abrí el paño verde, como el que abre un caramelo gigante, y apareció una pistola negra.
Me acordé de las puntas de los zapatos brillantes del director de mi reformatorio, de su mano apretando la mía, el día en que descubrí en una mesa de mármol la primera mujer desnuda que vi en mi vida.
Sólo entonces entendí que el buen sacerdote me llevó de la mano a despedirme de la mujer que me había traído al mundo.                                     


Aragonez Marques 
2015 
(... a ser publicado numa colectânea
de contos de escritores ibéricos
em Espanha...) 

viernes, 12 de junio de 2015

O QUE FOSTE LÁ FAZER?



Ficaram em baixo, mãos no alto acenando e reprimindo o choro. É a última imagem que Carlos Novais recorda da família.


Levantou-se e entrou numa casa de banho minúscula, inventada para caber ali. Sentou-se apertado na sanita e ficou, olhar na portinha, mesmo na frente, sozinho, meio perdido nos balanços. Puxou o autoclismo e caiu-lhe na frente uma mesa de mudar fraldas. Não deveria ser aquele o botão. Fechou-a. Olhou para o lado e viu-se gigante num espelho de lavatório que o surpreendeu pela proximidade. Que fazes tu aqui? E começou a rir à gargalhada. De repente parou. Encostou as duas mãos ao espelho ficando a imagem no meio, como um abraço limitado por incompleto. Uma tristeza apertou-lhe o peito, com dentes que mordiam, por dentro. Não conteve o choro alto que se misturava com o forte ruído de fundo. Só nesse instante se deu conta, que tinha sobrevoado o Egipto e rumava a Timor Leste a oito mil pés de altitude. Bateram à porta, disseram-lhe em inglês que havia turbulência e tinha que sair. Abriu a portinha estreita e a hospedeira, habituada tanto a lágrimas como a risos, mandou-o sentar e apertar o cinto. Acompanhou-o ao lugar, confirmou se o cinto estava bem colocado, e tocou-lhe o ombro. Aquele toque, sentiu-o como uma carícia de toda a gente que amava e tinha deixado, a caminho do desconhecido.

(...)

In O Que Foste lá Fazer?
... em construção...

viernes, 10 de abril de 2015

UNHAS, CORTA-UNHAS. POLÍCIAS E LADRỔES




Sei exactamente a data em que as unhas dos pés começaram a crescer descontroladamente, porque passava na rua a manifestação dos desempregados da fábrica de aspiradores, fechada sem aviso prévio a 14 de Fevereiro, precisamente o dia em que deixei cair o corta-unhas do quinto para o parapeito do segundo andar, onde Dona Rogélia, entre vozes e cabeça virada para cima tentava descobrir de onde caíra aquela testemunha das unhas que mensalmente, lhe caiam sobre a roupa estendida.

Eu, encolhido rapidamente para dentro evitando a denúncia, pensava tristemente como iria estar nesse jantar, com as mãos aparadas, mas com os pés interrompidos pela trágica queda do corta-unhas, depois do investimento feito nas rosas vermelhas, graças à ajuda de um santo chamado Valentim, que me colocaria sentado frente a frente com a mulher mais fascinante que conhecera até esse dia.

Convidara-a para uma ceia romântica, onde com as poupanças de uma catrefada de meses lhe iria pedir, anel de brilhantes em caixinha aberta, que passasse o resto da sua vida comigo.

Comprara nos novos armazéns da cidade, teia colorida de mil luzes e cores propositadamente atractivas, um não menos atractivo fato às riscas, teia propositada também, com colete, uma gravata e uma camisa branca que desse saída ao único que tinha, uns botões de punho de ouro branco, tirados depois do velório e antes de baixar à terra, dos pulsos do meu avô paterno que para onde ia não lhe fariam falta, visto que cá, apenas os tinha usado três vezes durante os noventa e dois anos que andou de pé, mais os nove meses de gateio e os quatro de colo e mama, que se lembrasse, e uma que jamais se lembraria. No dia do casamento, no baptizo do primeiro filho, quando o neto fez o exame da quarta-classe e agora ali, naquela cama com paredes de madeira próximas e tecto baixo que o levariam a não recordar esse último pormenor.

Quando ela entrou, sentiu que a sua vida mudaria a partir desse dia e quando o empregado de casaquinho branco e lacinho preto no pescoço acendeu a vela da mesa, sentiu que os seus dedos, olhos e restantes instrumentos dos sentidos, iam embrulhados naquela luz que lhe emoldurava o rosto, a afagava com brilho e fazia realçar o vermelho vivo dos lábios que seriam dele para sempre.

Saíram do restaurante, ignoraram as outras festas de corações da cidade e meteram-se na cama do seu quinto-andar.

Foi aí, que duas dores fortes nos dois dedos gordos dos pés, o fizeram estremecer.

Tentou escondê-los quando notou que as unhas começaram a crescer desordenadamente.

Furavam os lençóis e atordoado viu como uma delas, lhe aparecia desafiante depois de cruzar os cobertores, na parte superior da colcha. Tentou mover-se, mas era já impossível. O braço que repousava sobre o corpo da sua amada, era uma armadilha, uma prisão, fechada pelas unhas da mão que tinham crescido e se cravavam no colchão, se enrolavam nas molas e tiveram a ousadia de ter perfurado a tábua que sustentava o peso da horizontalidade das comodidades do descanso. A do dedo mínimo, tocava mesmo o chão, começando como raiz fascicular a desenvolver-se espalmada no solo e tentando mesmo introduzir-se no sobrado de madeira. Tinham entretanto já aflorado as unhas dos pés na parte superior dos cobertores e enrolavam-se como vides nos florões forjados e nas colunas finas da cama de ferro.

Suava e a ânsia fazia-me dificultar a respiração. Pedia a Deus, aos anjos e santos que ela não despertasse e as minhas extremidades, alongavam-se por todo o quarto tendo a única pessoa que o sabia, aprisionada, apavorada, silenciosa pela vergonha e imobilizada pela incapacidade de qualquer movimento. Eu próprio. Numa angústia e numa incapacidade de resolução que me retirava qualquer veleidade de vislumbrar, mesmo que em pensamento, uma solução para tamanho problema, muito mais quando reparei que uma unha já grossa como caule resistente, se tinha espetado furiosamente no candeeiro do tecto, e abafado com o seu rápido enrolamento, o artefacto, rompendo lâmpadas e mergulhando o quarto numa escuridão total.

Quatro, cinco estrondos, que de início julguei vindos da manifestação de desempregados da fábrica dos aspiradores que gritavam na rua em protesto contra as minhas unhas, que só aí entendi serem as responsáveis por aquela falência que atirou para o desemprego, todos aqueles empregados com mulher e filhos.

Julguei serem bombas, agora que o terrorismo estava tão em voga, mas não, batiam à minha porta, com força.

Lembrei-me de quando brincava na rua aos polícias e ladrões, às pistolas e às ordens claras.

Olhei as mãos, os pés, o candeeiro, o colchão e beijei suavemente a mulher que tinha ao lado, não percebendo que a manifestação, as bombas e as unhas eram fruto de um pesadelo, perpétuo, que me golpeou, como qualquer bom pesadelo, realçando o medo que desde criança tinha em cortar as unhas.

Nunca ninguém acreditou que me doíam quando eram cortadas, nunca ninguém acreditou nesse momento de pânico.

Batiam à porta, com força, como as bombas que me despertaram.

Vesti o roupão calmamente, agora que tudo tinha passado.

Abri a porta, e ali estava ela, a vizinha do andar de baixo, o corta-unhas na mão como arma:

- Aqui está! Sabia que era você que me salpicava a roupa de unhas grandes, grossas e amarelas.

Apenas lhe adivinhava os lábios, dizendo, como quando a minha mãe trazia a tesoura:

- Mãos ao ar.

Perante o corta-unhas apontado ao meu peito, pela vizinha do segundo andar, levantei os braços em sinal de rendição, como o menino polícia da minha rua quando descobria o meu esconderijo de menino ladrão.

Tinha sido descoberto.
                                                                                               

                                                                          Aragonez Marques                                                                    
In SINÓNIMA E OUTROS CONTOS
... em fase de revisão...
                                                                                                             

martes, 10 de marzo de 2015

A MULHER DO SARGENTO ESPANHOL - SINOPSE


 A Mulher do Sargento Espanhol

Sinopse 
A descoberta de ossos humanos nas valas onde se enterravam os porcos durante a calamitosa Peste Suína Africana, leva-nos a descobrir uma aldeia que cresce graças a uma santa que foi enterrada viva.

Uma carta recebida da Argentina empurra-nos para uma ferida aberta pela guerra civil espanhola que influencia Portugal clandestinamente. 

Uma emigrante que limpa o pó ao "abuelo" embalsamado. 

O primeiro romance de Perón. 

Behamonde o herói aviador republicano, irmão do general Franco.

 O acidente do avião da Madeira.

Pinceladas de Buenos Aires, Açores, Mulhacén, o Vale dos Caídos, La Roca de la Sierra, mas também Arronches, Elvas, Portalegre, Ribeira de Nisa...

Cheiros de um tempo em que as criadas de servir serviam para tudo, criadas por quem serviam. 

Uma escola reprodutora do sistema com personagens que o mantinham.

Uma igreja que se cansava de manter um regime.

Personagens de loucura, Cinha Cinhona, o Engoletudo, Paulo Macedónia, o primo Júlio, o padre Cabral, a Dona Antónia, o Zé da Coelha, Papafina de Jesus, o Ventoinha, o Zarolho, o Espanhol, Salazar o Cigano, Patrocínio Marques casada com Salustiano Perez Román, o sargento e muitas outras, que se cruzaram, se tocaram mas não se encontraram. 

Um romance vertiginoso onde se cruzam tempos e memórias e onde a mulher, nua e crua, é central no desenrolar das histórias que se contam e em que nunca aparece.

A Mulher do Sargento Espanhol 
é ficção pura, marioneta nos dedos da realidade.

A Mulher do Sargento Espanhol 
é um livro para quem gosta de se perder no passar ritmado das páginas, uma aventura de leitura, um tambor tocado pelo destino.


A Mulher do Sargento Espanhol
Terminado e pronto para edição.                                                       
A.M.

sábado, 7 de marzo de 2015

8 DE MARÇO - DIA INTERNACIONAL DA MULHER - CALÇADA DE CARRICHE


Luísa sobe, 

sobe a calçada, 
sobe e não pode 
que vai cansada. 
Sobe, Luísa, 
Luísa, sobe, 
sobe que sobe 
sobe a calçada.


Saiu de casa 
de madrugada; 
regressa a casa 
é já noite fechada. 
Na mão grosseira, 
de pele queimada, 
leva a lancheira 
desengonçada. 
Anda, Luísa, 
Luísa, sobe, 
sobe que sobe, 
sobe a calçada.

Luísa é nova, 
desenxovalhada, 
tem perna gorda, 
bem torneada. 
Ferve-lhe o sangue 
de afogueada; 
saltam-lhe os peitos 
na caminhada. 
Anda, Luísa. 
Luísa, sobe, 
sobe que sobe, 
sobe a calçada.

Passam magalas, 
rapaziada, 
palpam-lhe as coxas, 
não dá por nada. 
Anda, Luísa, 
Luísa, sobe, 
sobe que sobe, 
sobe a calçada.

Chegou a casa 
não disse nada. 
Pegou na filha, 
deu-lhe a mamada; 
bebeu da sopa 
numa golada; 
lavou a loiça, 
varreu a escada; 
deu jeito à casa 
desarranjada; 
coseu a roupa 
já remendada; 
despiu-se à pressa, 
desinteressada; 
caiu na cama 
de uma assentada; 
chegou o homem, 
viu-a deitada; 
serviu-se dela, 
não deu por nada. 
Anda, Luísa. 
Luísa, sobe, 
sobe que sobe, 
sobe a calçada.

Na manhã débil, 
sem alvorada, 
salta da cama, 
desembestada; 
puxa da filha, 
dá-lhe a mamada; 
veste-se à pressa, 
desengonçada; 
anda, ciranda, 
desaustinada; 
range o soalho 
a cada passada; 
salta para a rua, 
corre açodada, 
galga o passeio, 
desce a calçada, 
desce a calçada, 
chega à oficina 
à hora marcada, 
puxa que puxa, 
larga que larga, 
puxa que puxa, 
larga que larga, 
puxa que puxa, 
larga que larga, 
puxa que puxa, 
larga que larga; 
toca a sineta 
na hora aprazada, 
corre à cantina, 
volta à toada, 
puxa que puxa, 
larga que larga, 
puxa que puxa, 
larga que larga, 
puxa que puxa, 
larga que larga. 
Regressa a casa 
é já noite fechada. 
Luísa arqueja 
pela calçada. 
Anda, Luísa, 
Luísa, sobe, 
sobe que sobe, 
sobe a calçada, 
sobe que sobe, 
sobe a calçada, 
sobe que sobe, 
sobe a calçada. 
Anda, Luísa, 
Luísa, sobe, 
sobe que sobe, 
sobe a calçada.

ANTÓNIO GEDEÃO, em "Teatro do Mundo"
Obrigada! Sempre!
Cedido generosamente por 
Cristina Carvalho
(Escritora e filha do poeta)


  1. António Gedeão
    Poeta
  2. António Gedeão fue un poeta, ensayista y dramaturgo portugués, que también publicó diversas obras científicas. Sus poesías más conocidas son Pedra Filosofal y Lágrima de Preta. Wikipedia
  3. Fecha de nacimiento24 de noviembre de 1906
  4. Fecha de la muerte19 de febrero de 1997

lunes, 9 de febrero de 2015

A MULHER DO SARGENTO ESPANHOL


Tinha mesmo que ser. 
Precisava de o acabar antes de partir. 
Dois anos de trabalho finalmente concluído. 
Quando termino um livro, sinto um vazio. 
É como deixar alguém que anda comigo há muito tempo. 
Agora está livre de mim e procura editora. 
Eu vou descansar.

sábado, 20 de diciembre de 2014

UM ADEUS PELA RÁDIO ÀS GENTES DA GENTE DA MINHA TERRA


Dia 27 de Dezembro, 2 horas com vocês na Rádio da minha terra. 

Uma forma que aceitei também, para me despedir de todos/as. 


Um grande abraço para leitores/as e amigos/as.
Para a Rádio Portalegre um obrigado pelo convite e votos de um excelente trabalho informativo nos próximos anos que se adivinham difíceis, mas possíveis, no grande desafio de devolver a Cidade ao lugar que sempre ocupou, no panorama agregador e imagem de um Distrito, que Lisboa tem condenado violentamente ao isolamento.

(...)