jueves, 9 de octubre de 2014

Destierro de los soñadores



martes, 7 de octubre de 2014


Destierro de los soñadores


Puerta por puerta, con perros, sondas y uniformes oscuros, habían ido esculcando cada almohada, deshojando las flores aplastadas entre los diarios, analizando con rarísimos aparatos el espacio de silencio entre las canciones de los discos. Todo era un sinvivir, hasta que uno de ellos señalaba con el mentón un indicio fiable que corroborase lo señalado en el manifiesto; entonces, sin mediar palabra, agarraban del brazo al sospechoso y lo embutían en un furgón alargado, cada vez con menos aire que respirar.

Luego, no se sabe muy bien por qué, venía el interrogatorio; Qué, y por qué, dónde, cuándo, quién, quiénes... Cualquier respuesta, aunque fuese con la boca cerrada, conducía al mismo dictamen: Está usted acusado de soñar libremente. 

No distinguieron relevancia, mundos ni dimensiones, por eso, y aunque iban bien vigilados, se podía ver a Mark Twain echando unas risas con Béigbeder y el profesor Keating. Animado por Ismael Serrano, Paul Robeson se atrevió con Grándola Vila Morena y, aunque Anna Frank no entendía muy bien la letra, aplaudió arrobada junto a Alicia, que ya no buscaba el espejo del maquillaje para evadirse. El rictus hermético de los guardas, comenzaba a reblandecerse, conforme llegaban al lugar perdido en los mapas, que sólo el conductor conocía con certeza.

No muy bien hubieron bajado los confinados del vehículo, Rui Manuel ofreció un cigarrillo al conductor, que pudo adivinar sus intenciones pese a la escasa transparencia del cristal blindado. Los funcionarios se reunieron atropelladamente, antes de hacer ningún comunicado por radio, sobre las incidencias del viaje, o su situación.

Pasada una media hora, los funcionarios descubrían sus cabezas. El conductor dio una palmada en el hombro a Rui y recogió el cigarrillo con una emocionada sonrisa.

- Como dice ese señor de al fondo: “Siempre sueña y apunta más alto de lo que sabes que puedes lograr.” - le dijo al fin el profesor, con un caluroso tono pedagógico.

Y allá al fondo, William Faulkner saludaba al conductor, agitando una mano.

No hay comentarios:

Publicar un comentario